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Posts Tagged ‘novela’

“Ambroise Paré, cirujano francés del siglo XVI atribuye a la cirugía cinco funciones: Eliminar lo superfluo, restaurar lo que se ha dislocado, separar lo que se ha unido, reunir lo que se ha dividido y reparar los defectos de la naturaleza”.
 

centro-mesa-velasrojasEn la mano derecha, dentro de una bolsa de papel alargada, estrecha y decorada con motivos navideños, se balanceaba la botella de vino al ritmo de sus pasos. En la mano izquierda, hacía lo propio la bolsa con los turrones. En el bolsillo derecho de su abrigo, una hoja de papel cuadriculado, arrancada de un cuaderno con anillas y doblada en dos mitades llevaba escrito un intento de poema -Celia misma decía que todo lo que ella llegaba a escribir se quedaba siempre en un intento-, que escribió a finales de su primer año de residencia en el Hospital. Lo había encontrado ordenando el cuarto de estudio de su casa hacía unas semanas y decidió entregárselo a Miguel aquella noche, pues la ocasión no podía prestarse más. Que ella recuerde nunca se lo leyó, nunca se lo escribió en un email, ni a mano detrás de una fotografía, no se acordaba ya siquiera de haberlo escrito.

Desde el primer día en que Miguel pisó Barcelona para empezar sus cuatro años de residencia como anestesista, se llamaron prácticamente todos y cada uno de los días, sin contar las veces en que Celia se daba un salto a Barcelona, Miguel a Madrid, o ambos se escapaban a otra ciudad aprovechando algunos días de vacaciones. Posiblemente aquel intento de poema lo hubiera escrito una noche después de una de aquellas llamadas que podían llegar a durar hasta dos horas, o alguna tarde al llegar a casa después de haber pasado casualmente por el barrio y por debajo de aquellas ventanas y luego no se acordara más de él, abandonando aquel bloc de notas al olvido, como con otros tantos intentos de relatos e intentos de poemas que escribía; o tal vez pensó que era una estupidez decirle en bonito, lo que ya se encargaban de recordase los días que hablaban por teléfono, o quizá sí se lo leyera el día después de haberlo escrito, de verdad que Celia no lograba recordarlo y prefirió no preguntarle y llevárselo aquella noche de sorpresa. Al releerlo aquella mañana haciendo orden en su estudio, tantos años después, no pudo evitar que se le empañara la sonrisa. El poema decía así:

 

Aquello que fue dulce y da nostalgia

Llegar a aquella calle donde nos quisimos tanto tantos años,
entrar en aquel viejo edificio sin portero ni ascensor,
subir las escaleras borrachos como cubas
y, mareados de alcohol y de escalones torcidos,
abrir tras un minuto de silencio y desatino nuestro 1º C. 
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Entrar tropezando con la risa
y fumarnos a medias un cigarrillo
entre calada y carcajada
tirados en el suelo de la entrada.
Y dormirnos abrazados en tu habitación
sin quitarnos la ropa,
y con ella
querer hacer hoguera a la mañana siguiente en el salón.
 
Eternizar el desayuno en la cocina
y entregarnos a las tardes de domingo,
de pan con nutella, de resaca y algún medicamento,
de apuntes y libros de Medicina.
 
La ropa tendida en el patio, la tele de fondo,
los platos por fregar,
velas encendidas, los balcones abiertos,
los días de sol, la lluvia y sus tardes, la nieve en febrero,
las noches de humo, estudio, música, cine o poesía.
El llanto y la risa. 
El vino en los labios y en las copas la vida. 

  (más…)

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“La ablación, en medicina y cirugía es la extirpación de cualquier órgano, tumor o parte del cuerpo mediante una operación quirúrgica, o por la aplicación de medios físicos (radiación, frío, calor) o compuestos químicos (medicamentos)”.

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Hace apenas diez minutos que Celia acaba de llegar a casa. Nada más entrar por la puerta había escrito un mensaje a Miguel como acordaban siempre, para decirle que ya había llegado. “Sana y salva”, siempre escribía. Miguel no contestó con una cara sonriente como de costumbre pero dos minutos después sonaba el teléfono móvil de Celia, en la pantalla parpadeaba el nombre de Miguel. De haberse tratado esta historia de una película, probablemente el director habría elegido para este momento la canción “For the good times”, en la versión de Kenny Rogers.

Y habría empezado a sonar en el momento justo en el que Celia se despega el teléfono de la oreja, con la mirada perdida en el infinito mientras al otro lado del hilo una voz ronca y desconocida sigue hablando. –Don’t look so sad, I know it’s over but life goes on and this old world just keeps on turning- soltaría el teléfono y saldría a la calle corriendo. Llegaría a casa de Miguel y éste le abriría la puerta y la miraría con compasión, como si supiera lo que acababa de ocurrirle. –Let’s just be glad, we had this time to spend together-, pero ella le abrazaría fuerte, y él le devolvería el abrazo, el abrazo etrusco, besándose con los corazones, sin balanceos, sin palmaditas en la espalda, y se abrazarían tan fuerte, tanto –There’s no need to watch the bridges that were burning-. Y esta escena del abrazo en la puerta, encadenaría luego con  la habitación de Miguel y ambos se tumbarían en la cama en el mismo abrazo, –Lay your head on my pillow, hold your warm and tender body next to mine- frente con frente, sin dejar de mirarse, mudos. –Hear the whisper of the raindrops beating soft against the window and make believe you love me one more time for the good times-.

Y entonces fundiría a negro para abrir de nuevo con un primer plano de Celia abriendo los ojos en la almohada de Miguel. –I get along you’ll find another-. El plano terminaría de abrirse para advertir que Celia está sola en la cama. -And I’ll be here if you should find you ever need me-. Se incorporaría, se secaría las lágrimas con las mangas del jersey, saldría de la habitación, arrastrando los talones y recorrería con la mirada cada rincón de aquel piso tan lleno de ellos, tan vivido tantos años. –Don’t say a word about tomorrow or forever-. Se sentaría en el sofá mirando su reflejo en el televisor apagado y habría un corte a la escena del accidente. –There’ll be time enough for sadness when you leave me-.

Desde una acera de la gran avenida un travelling se iría acercando muy lentamente a los dos coches siniestrados e iluminados por las luces de las sirenas del coche de bomberos, de una ambulancia y de un coche de policía. –Lay your head on my pillow, hold your warm and tender body next to mine, hear the whisper of the raindrops beating soft against the window– y en ese momento aparecería en plano el escorzo de Celia, acercándose lentamente al lugar donde intentan reanimar el cuerpo de Miguel –and make believe you love me one more time for the good times-. Inmóvil, sin pestañear siquiera, Celia vería cómo incorporan a Miguel a una camilla y lo suben a la ambulancia, y como quien observa una escena de una obra de teatro desde la butaca, sin poder evitar nada, siente cómo le tiran del corazón, cómo se le escapa un trozo de alma, cómo se marcha la ambulancia sin decirle nada, sin ella dentro, ¿sin Miguel?

[La sonrisa de los valientes]

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“Una contracción muscular concéntrica ocurre cuando un músculo desarrolla una tensión suficiente para superar una resistencia, de forma tal que éste se acorta y moviliza una parte del cuerpo venciendo dicha resistencia”. timthumb.phpLe acompañó por el pasillo hasta la puerta donde ya hacía dos horas que llevaba esperando la maleta.  Parecían andar en procesión, Celia iba delante mirando al suelo, Eva detrás casi pisándole los talones y con la mirada clavada en su pelo. Al llegar a la puerta, Celia abrió, Eva hizo el gesto de agacharse a coger su maleta pero desvió el rumbo para abrazar con vehemencia a Celia que aún sujetaba el manillar. Soltó la puerta para devolverle aquel inesperado pero -¿para qué negarlo?-deseado abrazo y sintió que por primera vez se abrazaban en un abrazo etrusco, pero no porque los etruscos se abrazaran así -que qué sabrían ellas cómo se abrazaban los etruscos-.

El día que nació la primera sobrina de Celia, Miguel le regaló La sonrisa etrusca de Jose Luis Sampedro para el viaje, libro del que quedó prendada. Hay un momento en la novela cuando el viejo Bruno recuerda el día en que se despide de su gente, de su pueblo, Rocasera, momentos antes de partir con su hijo Renato a Milán, donde hay una frase que describe, como nunca antes había leído Celia, la perfección de un abrazo. Había visto cientos en las películas, leído otros tantos en libros pero nunca sintió que al mismo instante a ella también la estuvieran abrazando.

[…] —Aguanta como entonces, Bruno; ya sabes. 

—Se hará lo que se pueda—prometió el viejo—. Como entonces. 

En un súbito impulso se abrazaron, se abrazaron, se abrazaron. Metiendo cada uno en su pecho el del otro hasta besarse con los corazones. Se sintieron latir, se soltaron y, sin más palabras, el viejo subió al coche. Las dos miradas se abrazaron aún, a través del cristal, mientras Renato arrancaba. […]

El día en que Miguel había bajado a Chipiona tras enterarse de la muerte de su abuela Celia le llamó a la noche y antes de colgar ella le dijo:

– Me voy a guardar las fuerzas de aquí a cuando vuelvas para gastarlas todas en abrazarte -hizo una breve pausa en la que le vino de repente la frase a la cabeza- te daré un abrazo etrusco.

– ¿Un abrazo qué? -preguntó Miguel extrañado entre sollozos.

– Etrusco, Miguel, como en La sonrisa etrusca. 

– Ah -cayó en la cuenta- qué tonta eres, Chela -Miguel al otro lado del hilo esbozó una sonrisa. Y Celia supo que sonreía.

– Te quiero, etrusca. -se despidió Miguel antes de colgar.

A partir de entonces Celia apodó como el abrazo etrusco a todos aquellos abrazos que se daban hasta besarse con los corazones. Y como le prometió por teléfono, así le abrazó a Miguel el día que regresó del funeral de su abuela. Él entró en casa, ella al escuchar las llaves en la cerradura había saltado súbitamente del sofá, él dejó la mochila en el suelo de la entrada y al levantar una mirada mustia descubrió a Celia en la penumbra del pasillo que se acercaba hacia él y sin mediar palabra ella le abrazó y se abrazaron metiendo cada uno en su pecho el del otro y él que pensaba que lo había llorado todo ya, y que había aguantado el viaje de vuelta sin llorar rompió en lágrimas en el abrazo. Se sintieron latir y cuando se separaron, se miraron fijamente a los ojos. De entre las lágrimas de Miguel asomó una sonrisa pícara y cómplice y aún entre sollozos asentó:

– El abrazo etrusco-. Y se sonrieron los dos.

– Anda Diego, no seas soso, ven y dame un abrazo etrusco- le pedía Celia a su hermano cuando se molestaba por algo.

– Manu, ni se te ocurra irte sin darme un abrazo etrusco de despedida- amenazaba entre guiños a su hermano Manuel cuando venía a verla a Madrid o regresaba de algún viaje con el grupo.

Y abrazaba a sus padres etruscamente cada vez que debía volver a Madrid después de las vacaciones de verano o de Navidad o de algún puente. Y así había abrazado también tantas veces a Javier. Y así fue como le abrazó Eva aquella tarde, se abrazaron, se abrazaron, se abrazaron, metiendo tanto cada una en su pecho el de la otra que incluso llegaron más allá porque aquella tarde Celia y Eva se abrazaron hasta hacerse el amor con los corazones.

[La sonrisa de los valientes]

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Sinapsis

La sinapsis es la conexión entre una neurona y otra. Éstas no mantienen contacto directo entre sí, sino que hay un espacio sináptico que es donde se lleva a cabo la transmisión del impulso nervioso. La palabra sinapsis viene de sinapteína, formada con las palabras griegas “sin” que significa “juntos“, y “hapteina”, es decir “con firmeza“.  

A medio día, recién salidos de la facultad habían emprendido el viaje. Atrás quedaba el examen de Neuroanatomía, el último examen de segundo de Medicina, aunque era más que probable que sólo se tratara del último examen antes de verano porque o podía caer un suspenso inesperado o quizá se habían dejado alguna difícil para septiembre. Pero ahora Celia y Miguel viajaban al sur, a Cádiz, a pasar una semana en la casa de la playa de Miguel. Miguel, de madre sevillana y padre gaditano, había vivido toda su vida en Sevilla pero todos sus veranos fueron siempre en un pequeño pueblo de la provincia de Cádiz, el pueblo de su padre, Chipiona.

Durante las dos horas de viaje que llevaban en coche, habían estado dando vueltas varios CD’s con voces e instrumentos de grandes clásicos del jazz por los que Miguel sentía especial devoción: Ella Fitzgerald, Nina Simone, Billie Holiday, Dinah Washington, Otis Reding, Louis Amstrong, Chet Baker entre otros. Juntos habían estado tarareando, percusionando y cantando entre otras tantas: “Summertime”, “My ideal”, “Ain’t got no, I got life”, “What a difference a day makes”, “For all we know”, “I’m a fool to want you”, There will never be another you”, esta última en sus múltiples versiones, desde la de Chet Baker pasando por Ella Fitzgerald hasta la de Nat King Cole.

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Canciones que ya por entonces Celia se sabía gracias a Miguel, que fue quien le dio a conocer aquellas voces, aquellos ritmos, aquellas improvisadas obras de arte, aquellas melodías que ella apenas había escuchado hasta entonces en algún disco recopilatorio de sus padres o de su hermano Manuel. Al terminarse, el CD se expulsó sólo, cómo había hecho el anterior y de nuevo volvió a saltar la radio pero esta vez Celia empezó a trastear con ella hasta que de pronto una canción llamó su atención y sonriendo subió el volumen casi a tope. La canción que sonaba en ese momento distaba mucho en género y tiempo de lo que habían estado escuchando, pues Celia le había dado volumen a Bailar pegados de Sergio Dalma.
– ¿Qué haces, loca? ¡Baja eso o quítalo!- gritó Miguel asombrado apartando el brazo derecho del volante hacia el botón de la radio para intentar cambiar de emisora. Celia haciendo caso omiso y deshaciéndose de la mano de Miguel empezó a cantar por encima de la voz de Sergio Dalma.-Pero si es un clásico, Miguel –interrumpió su canto y le guiñó un ojo- Y que me trae buenos recuerdos.A Celia no es que le apasionara Sergio Dalma, apenas conocía sus canciones pero ésta en cuestión era especial porque le devolvía a aquellos años en que se quedaba en casa con sus hermanos mayores y con Pepita, la chica que les cuidaba por entonces y ayudaba a su madre en algunas tareas de la casa las tardes en que los niños no tenían actividades extraescolares. Pepita ponía siempre la misma cinta de cassette grabada con canciones de la radio que durante una gran temporada no dejó de sonar una y otra vez y que se convertiría en la banda sonora de aquellas tardes de su infancia. Una de las canciones de la cinta era Bailar pegados. La tenían ya tan oída que Celia y sus hermanos se la sabían de memoria. Y desde que sonó por primera vez y su hermano Manuel montó el espectáculo encima del sofá, aquello acabó convirtiéndose en una tradición cada vez que la escuchaban. Celia recuerda estar jugando en su habitación y al momento de escuchar las primeras notas ver aparecer a su hermano Diego por la puerta y gritarle entusiasmado: “¡Chela, los delfines!”. Ella dejaba lo que estaba haciendo y aparecía en el salón donde su hermano Manuel subido al sofá, usando a modo de micrófono el mango de una raqueta antigua de madera cantaba la canción de los delfines, como ellos la llamaban. Diego cogía a su hermana pequeña de los brazos y se ponía a bailar con ella, haciendo de la pareja de baile que Sergio Dalma citaba en la canción. Pepita desde el marco de la puerta se deleitaba viéndoles bailar y cantar y animada de vez en cuando contorneaba sus caderas de manera sutil hasta que un día Diego se acercó hasta ella y cogiéndole de la mano le dijo:- ¡Baila Pepita, que bailar de lejos no es bailar!- y la movía zarandeándole los brazos. Celia se unía al grupo y bailaban los tres en corro mientras Manuel se desgañitaba encima del sofá.

– ¡Corazón con corazón, en un solo salón dos bailarineeeeees! -acabó cantando Miguel junto a Celia a plena voz dentro de aquel Seat Ibiza, rumbo al sur una tarde de principios de verano.

Esos eran Celia y Miguel, dos bailarines en un solo salón, un espacio sináptico en el que bailarían siempre juntos con firmeza. Y en ese espacio, salvo ellos, nadie nunca pudo entrar. Hubo días en que se olvidaban del mundo. Podían estar una semana sin ver a nadie y ni se percataban y ni les importaba. Cupo todo el amor entre ellos pero por suerte o por desgracia nunca hubo cabida para el sexo, por más que a Celia se le pasara más de una vez por la cabeza e incluso me atrevería a decir que a Miguel también se le pasó, una noche que contarla ya no cabe en este capítulo. Pero es que Miguel, a principios de ese curso que ahora tocaba su fin, le había contado a Celia que había tenido una historia con un chico en el verano. Ese mismo curso Miguel acabó saliendo definitivamente del armario. Pero ellos se querían y se quisieron siempre. Y nunca nadie pudo ocupar el lugar que ocupó Miguel en la vida de Celia. En septiembre de ese año alquilaron un piso juntos y juntos vivieron hasta que empezaron el MIR.

Celia ahora miraba a Miguel reírse después de haber cantado a Sergio Dalma a viva voz, y no lo supo en aquel momento pero por entonces ya se sabía que nunca iba a haber otro Miguel, […] There will be other songs to sing, another fall, another spring but there will never be another you […]

[La sonrisa de los valientes]

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Muchos años después, frente a las -posiblemente- mejores alcachofas que haya probado nunca, en “El pimiento verde” de la calle de Lagasca de Madrid, volví a recordar aquella frase con la que comienza “Cien años de soledad” la cual mi padre, a base de repetirla de memoria alguna que otra vez, queriendo o sin querer, se encargó de que no se me olvidara: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Esa primera frase y esa otra manera de acabar que tiene  El coronel no tiene quién le escriba: “- ¿Qué comemos hoy?. – Mierda.”, me llevarán siempre a mi padre, a su amor hacia la literatura de García Márquez, a Macondo, a aquel mes de julio de 2001 en que nos fuimos de campeonatos a Italia y a Suiza, y dentro de unos años a esta tarde de domingo en la tienda.

Porque yo te contaba, cuñada, el viernes, frente a las alcachofas, cuando dijiste que querías leerte “Cien años de soledad”, que nunca lo habías leído, que ahora en el metro tendrías más tiempo, te contaba que era el libro que me estaba leyendo cuando nos fuimos al Munidal de 420 en Italia, en la furgo, y luego en las noches de Palamós durante esos cinco días de vacaciones que tuvimos al volver y digo vacaciones porque lo que se dice entrenar (que se suponía que estaríamos allí para eso) poco por no decir nada, más bien los dedicamos a ver los vídeos del Mundial, a pasar la tarde en los jacuzzis del hotel, a echarnos unas risas, a ver el pueblo -“hogar dulce hogar” como dijo Mónica la noche que llegamos de Italia-, a descansar, vamos, antes de irnos al Europeo de Suiza. ¡Qué tiempos aquellos, cuñada!

Mi padre, a la mesa de “El Pimiento verde” te decía que hasta él tenía dos ediciones en casa -una de las cuales me llevé yo a ese viaje- y yo añadí que Diego también tenía una edición de tapa dura en su estantería. Y en ese momento en que empezaste a hablar del libro recordé la frase del principio para mis adentros y miré a mi padre y vi que sonreía.

Hoy es domingo por la tarde, estoy en la tienda y me acaba de llegar un mensaje tuyo: “Mira lo que me ha regalado tu padre”. Y la foto que adjuntas muestra la portada de un libro en la que se lee: “Cien años de soledad”.

Que citaras este libro creo que le hizo enormemente feliz, regalártelo más aún porque orgulloso y gracias a él vas a leerte una de sus novelas favoritas. Porque seguramente piense que la chica que lleva haciendo feliz a su hijo durante tantos años se merece lo mejor, y para él, entre otros, de lo mejor es sin duda Gabriel García Márquez.

Y a mí me hace especial ilusión que lo leas en este preciso momento de tu vida, que te llenes justamente ahora de la magia de Macondo, y cuando digo que te llenes y cuando digo justamente ahora, en este preciso momento de tu vida, ya sabes a lo que me refiero.

POSTDATA: Y me contabas la noche del viernes pasado, cuñada, en La finca de Susana, mientras le contábamos la anécdota a tu compañera de la beca, Alicia, que mi padre al salir de La Casa del libro, antes de entregártelo, lo abrió y te leyó la primera frase.

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Y, de pronto, interrumpía la canción y se quedaba pensativa, como si estuviera imaginando esa otra posible vida que siempre se pierde por vivir la propia.”

Elvira Lindo

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