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Posts Tagged ‘medicina’

“La medicina es la ciencia dedicada al estudio de la vida, la salud, las enfermedades y la muerte del ser humano”    
 

 

Es muy probable que el hecho de que sus padres fueran médicos influyera en que Celia acabara estudiando Medicina pero no porque se hubiera sentido obligada a ello ni mucho menos. Que puede que ella haya heredado algún gen de sus padres que está claro que sus hermanos no heredaron porque en ellos no influyó en absoluto. Manuel y Diego rehuían de todo lo que tuviera que ver con hospitales, medicinas y anatomía humana. Aborrecían el hospital, ese olor tan característico a comedor barato, a desinfectante y a alcohol. Decían que allí olía a muerte, “No me extrañaría nada que los pacientes que están ingresados acabaran enfermando aún más sólo por el olor”, decía siempre su hermano Manuel, el mayor de los tres, cuando salía el tema en alguna conversación y a veces guiñando un ojo a Celia, añadía. “Que no les engañen, los médicos no llevan mascarilla por higiene, las llevan impregnadas en colonia hartos de ese olor”. Pero a Celia ese olor nunca le importunó, y ya desde pequeña siempre supo que quería trabajar en un hospital. Su madre era patóloga y trabajaba en Anatomía Patológica. Celia, pasó mucho tiempo yendo al hospital algunos días en que no tenía clase en el colegio, o por infecciones de oído -que solían ser frecuentes- y como con su padre nunca podía quedarse, porque era ginecólogo, y si no estaba en quirófano estaba pasando consultas, su madre con su bata blanca de médico -con su bata mágica, como le gustaba pensar a Celia- le llevaba del otorrino al dermatólogo, o a hacerse análisis de sangre sin cita previa y sin salas de espera de por medio, privilegio de hija de médicos. Y a Celia en el fondo le encantaba recorrer los pasillos del hospital, observar a los pacientes en las salas de espera, o en sillas de ruedas; saltar intentando adivinar lo que ocurría a través del cristal de una puerta, ver camillas abandonas en alguna esquina o pasar las horas en los laboratorios de su madre mirando citologías que ya no servirían para nada, a través de un microscopio que le dejaban usar. Sus hermanos se aburrían, de verdad que odiaban el hospital y decían que allí sólo había enfermos caminito de la muerte. Celia sin embargo, lo veía como el lugar donde se salvaba la vida.

Puede también que el día que se enteró de que a su abuelo Ángel, su abuelo paterno, iban a implantarle un marcapasos porque se le había roto el corazón, influyera en la idea de seguir la estela de sus padres y sobre todo en decantarse ya de mayor por la especialidad de Cirugía Cardiovascular. Entonces Celia tenía nueve años, le habían dejado en casa de su abuela por la tarde y ella, que aquel día después de comer había escuchado a sus padres hablar sobre el tema, curiosa de sí, sin rodeos, le preguntó a su abuela que para qué servía un marcapasos y si era verdad que se lo iban a poner al abuelo. Celia ignoraba entonces que aquella no era más que una operación muy simple pero nunca dejó de fascinarle el hecho de que el corazón de su abuelo ¡funcionara a pilas!

O puede que también influyera y bastante la historia que le contó su madre sobre su tío Paco, un hermano de la abuela de Celia, que fue marinero de tierra -práctico, es decir, se encargaba de atracar a los barcos- y él lo que más deseaba era navegar, ver mundo pero una estenosis mitral se lo impedía, como impiden las amarras que los barcos se separen de los muelles. “Así era el corazón del tío Paco, tan abierto a la vida por fuera pero paradójicamente tan cerrado, un corazón que le amarraba literalmente a tierra”, le contaba su madre a Celia. Pero el tío Paco decidió operarse asumiendo el riesgo que suponía ese tipo de operaciones en aquellos años. En España se habían empezado a realizar las primeras operaciones a corazón abierto gracias a la utilización de una máquina importada de Estados Unidos que recogía la sangre de uno de los ventrículos del corazón, la oxigenaba y la devolvía a una arteria para que circulara por el cuerpo, sin peligro para el paciente y las cuales estaban dando muy buenos resultados pero aún, como todo lo precario y lo que acaba de empezar, contaban con muy altos índices de mortalidad. Pero el tío Paco quería vivir, y sabía que aquella era su única vía. 

– Paco, los riesgos son enormes. Y sí, te puedes curar y podrás salir a la mar pero hay un alto porcentaje de probabilidades de que te quedes ahí tieso, en la camilla, que Gregorio me va informando de todo -le decía su cuñado, el abuelo de Celia, que era odontólogo, y amigo de uno de los mejores cirujanos de Madrid. 

– Manuel, yo quiero vivir.

– Puedes seguir viviendo igualmente toda la vida si no te operas, eso lo sabes.

– No, Manuel, quiero vivir -hizo una breve pausa y repitió- VI-VIR-. Separando las sílabas y acentuando la palabra como queriéndola decir con mayúsculas porque vivir no se limitaba sólo a respirar y bombear sangre, porque vivir no era lo mismo que estar vivo. 

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