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Posts Tagged ‘marcapasos’

“Un marcapasos artificial es un dispositivo electrónico diseñado para producir impulsos eléctricos con el objeto de estimular el corazón cuando falla la estimulación fisiológica o normal”. 

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      A Celia le entretenía ver a su abuela hacer punto, le maravillaba el baile que hacían sus dedos enrollando aquel hilo tan gordo en esas agujas tan largas. Sobre todo lo hacía durante los bloques de publicidad o cuando llegaba la hora de la merienda y Celia aparecía de algún lugar de la casa y antes de pedirle el sandwich de Nocilla, se quedaba varios segundos observando, esperando quizá algún tropiezo que rompiera aquella sutil monotonía, aquella coreografía tan perfecta, pero nunca sucedía.

Esa tarde la tele estaba apagada, Celia había estado jugando un rato en el sofá con unos playmobil que se había traído de casa, antes de que se quedara mirando el baile de manos de su abuela por más tiempo de lo normal. La abuela, al percatarse de que no le quitaba ojo al punto, sin levantar la mirada, sin detener el baile, sin perder el ritmo, le preguntó:

– ¿Tienes hambre? ¿Quieres que te haga el sandwich ya?

– No, no tengo hambre.

Celia seguía mirando cómo aquellas manos iban creando lo que más tarde sería la bufanda preferida de su hermano Manuel. En diez días iba a ser su cumpleaños.

– ¿Quieres que te enseñe a hacer punto? – le sugirió.

– Sí, pero hoy no. – dijo sin apartar la mirada.

Y en ese momento el reloj de péndulo del recibidor cantó las seis menos cuarto de la tarde lo que hizo que Celia apartara al fin la mirada, hipnotizada ya, de aquel baile de manos y agujas y miró al reloj de pared que colgaba al lado de la puerta de la salita de estar. Se quedó mirándolo hasta que el minutero adelantó más o menos medio minuto. 

¿Abuela? ¿Qué es un marcapasos?

La abuela detuvo al fin el ritmo de sus manos, la miró por encima de las gafas de ver, con aquella mirada desafiante que la caracterizaba y con la incertidumbre del que sabe que después de una pregunta concreta viene otra acaso más comprometida que la anterior.

– Eso es lo que le van a poner al abuelo, ¿verdad? – insistió Celia.

La abuela se quitó las gafas con la mano derecha y las apoyó abiertas sobre la mesa, mientras con la izquierda se frotó brevemente la nariz al tiempo que cerraba los ojos. Los abrió, cruzó las manos, las posó sobre su regazo y mirando a Celia con el mentón escondido en el cuello y la cabeza ladeada -como hacía cuando sabía que algún nieto había hecho una trastada y buscaba la complicidad con ellos, al tiempo que imponía autoridad, “en eso era una genia” recordaría Celia muchos años más tarde el día de su entierro- le preguntó:

– A ver… – alargaba siempre la “e” en ese tipo de a veres – ¿a ti qué te han contado?

– A mí, nada. Se lo escuché hoy a mis padres después de comer.

– Ya estás otra vez metiendo la oreja donde no te importa – le criticó.

A mí el abuelo me importa.

Al escuchar aquella frase la abuela comprendió. ¿Por qué razón había que ocultarle a los niños la operación a la que iba a ser sometido el abuelo esa misma tarde? Se trataba de una simple operación. A todos les importaba el abuelo. Sólo Manuel, que por entonces tenía ya quince años lo sabía pero Diego padre había insistido en que no les preocuparan. “¿Por qué decirles que le iban a operar si ni siquiera se darían cuenta?” Aprovechó pues la abuela la ocasión para no tener que mentirle, ya que había sido la niña quien había sacado el tema. Celia era una niña muy curiosa, tenía nueve años, pero su prematura madurez y su envidiable entereza a esa edad, su sensibilidad, su no callarse las cosas que le importaban o le importunaban o le conmovían, su inquietud por saber cómo  y de qué estaba hecho todo, otorgaron a la abuela la comodidad y el alivio de llamar a las cosas por su nombre y hablarle a la niña sin faltar a su inteligencia.

– Y, ¿por qué? ¿Es para que pueda hacer deporte? – seguía insistiendo Celia en el tema.

– No, -respondió la abuela con una sonrisa y con aire en la “o”- ¡qué cosas se te ocurren, Chela! Es… para que pueda seguir -se detuvo un segundo- haciendo, en general.

– ¿Haciendo qué?

Vivir – se atrevió a responder la abuela.

A pesar de su prematura madurez, a Celia se le quedó grande esa respuesta. Después de unos segundos retomó su pregunta intrigada:

– Pero, ¿qué es exactamente un marcapasos?

– Pues, es un aparato electrónico que se engancha al corazón para que funcione.

¿Se le ha roto el corazón al abuelo?

La abuela sonrió ante la poesía de aquella pregunta y luego asintió con lástima apretando los labios.

Celia volvió a mirar el reloj de la pared, el segundero no era de los que hacían “tic tac” sino de los que se deslizaban sobre la esfera y siempre tuvo la sensación de que ese reloj iba más rápido que todos los demás relojes de pared que ella conocía: el de su casa, el de la consulta del médico, el del colegio, pero nunca se adelantaba. Y por más que ella así lo creyera, el tiempo en esa salita tampoco pasaba más deprisa.

– Y, ¿funciona como las pilas en las tripas de un reloj para que anden las agujas?

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