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Posts Tagged ‘lasonrisaetrusca’

“Una contracción muscular concéntrica ocurre cuando un músculo desarrolla una tensión suficiente para superar una resistencia, de forma tal que éste se acorta y moviliza una parte del cuerpo venciendo dicha resistencia”. timthumb.phpLe acompañó por el pasillo hasta la puerta donde ya hacía dos horas que llevaba esperando la maleta.  Parecían andar en procesión, Celia iba delante mirando al suelo, Eva detrás casi pisándole los talones y con la mirada clavada en su pelo. Al llegar a la puerta, Celia abrió, Eva hizo el gesto de agacharse a coger su maleta pero desvió el rumbo para abrazar con vehemencia a Celia que aún sujetaba el manillar. Soltó la puerta para devolverle aquel inesperado pero -¿para qué negarlo?-deseado abrazo y sintió que por primera vez se abrazaban en un abrazo etrusco, pero no porque los etruscos se abrazaran así -que qué sabrían ellas cómo se abrazaban los etruscos-.

El día que nació la primera sobrina de Celia, Miguel le regaló La sonrisa etrusca de Jose Luis Sampedro para el viaje, libro del que quedó prendada. Hay un momento en la novela cuando el viejo Bruno recuerda el día en que se despide de su gente, de su pueblo, Rocasera, momentos antes de partir con su hijo Renato a Milán, donde hay una frase que describe, como nunca antes había leído Celia, la perfección de un abrazo. Había visto cientos en las películas, leído otros tantos en libros pero nunca sintió que al mismo instante a ella también la estuvieran abrazando.

[…] —Aguanta como entonces, Bruno; ya sabes. 

—Se hará lo que se pueda—prometió el viejo—. Como entonces. 

En un súbito impulso se abrazaron, se abrazaron, se abrazaron. Metiendo cada uno en su pecho el del otro hasta besarse con los corazones. Se sintieron latir, se soltaron y, sin más palabras, el viejo subió al coche. Las dos miradas se abrazaron aún, a través del cristal, mientras Renato arrancaba. […]

El día en que Miguel había bajado a Chipiona tras enterarse de la muerte de su abuela Celia le llamó a la noche y antes de colgar ella le dijo:

– Me voy a guardar las fuerzas de aquí a cuando vuelvas para gastarlas todas en abrazarte -hizo una breve pausa en la que le vino de repente la frase a la cabeza- te daré un abrazo etrusco.

– ¿Un abrazo qué? -preguntó Miguel extrañado entre sollozos.

– Etrusco, Miguel, como en La sonrisa etrusca. 

– Ah -cayó en la cuenta- qué tonta eres, Chela -Miguel al otro lado del hilo esbozó una sonrisa. Y Celia supo que sonreía.

– Te quiero, etrusca. -se despidió Miguel antes de colgar.

A partir de entonces Celia apodó como el abrazo etrusco a todos aquellos abrazos que se daban hasta besarse con los corazones. Y como le prometió por teléfono, así le abrazó a Miguel el día que regresó del funeral de su abuela. Él entró en casa, ella al escuchar las llaves en la cerradura había saltado súbitamente del sofá, él dejó la mochila en el suelo de la entrada y al levantar una mirada mustia descubrió a Celia en la penumbra del pasillo que se acercaba hacia él y sin mediar palabra ella le abrazó y se abrazaron metiendo cada uno en su pecho el del otro y él que pensaba que lo había llorado todo ya, y que había aguantado el viaje de vuelta sin llorar rompió en lágrimas en el abrazo. Se sintieron latir y cuando se separaron, se miraron fijamente a los ojos. De entre las lágrimas de Miguel asomó una sonrisa pícara y cómplice y aún entre sollozos asentó:

– El abrazo etrusco-. Y se sonrieron los dos.

– Anda Diego, no seas soso, ven y dame un abrazo etrusco- le pedía Celia a su hermano cuando se molestaba por algo.

– Manu, ni se te ocurra irte sin darme un abrazo etrusco de despedida- amenazaba entre guiños a su hermano Manuel cuando venía a verla a Madrid o regresaba de algún viaje con el grupo.

Y abrazaba a sus padres etruscamente cada vez que debía volver a Madrid después de las vacaciones de verano o de Navidad o de algún puente. Y así había abrazado también tantas veces a Javier. Y así fue como le abrazó Eva aquella tarde, se abrazaron, se abrazaron, se abrazaron, metiendo tanto cada una en su pecho el de la otra que incluso llegaron más allá porque aquella tarde Celia y Eva se abrazaron hasta hacerse el amor con los corazones.

[La sonrisa de los valientes]

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