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Posts Tagged ‘ficción’

Lanzó Cupido la flecha

con tal efecto que

a modo de boomerang 

volvió,

y ¡qué puntería!

que sin verla venir,

alcanzó a darle,

atravesándole el pecho,

la espalda, las alas,

matándole el corazón,

brotándole la sangre,

la vida, el amor.

 

Cayó a la tierra

desplomado,

y desplumado.

 

¡Cupido ha muerto! ¡Cupido ha muerto!

Gritaban por las calles

jóvenes, niños, amantes, abuelos,

al verlo sin vida en el suelo.

 

La prensa publicó:

-El amor ha muerto-.

Y el público se lo creyó.

 

La prensa,

sensacionalista,

siempre la misma canción.

 

No quieren contarnos,

no saben quizá

que muerto Cupido,

se acabó la rabia.

Que las flechas matan

y Cupido lo hacía de amor.

 

 

Y de amor

que nadie muera,

y de amor

mejor vivir.

 

Y mejor,

vivir de amor.

 

 

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“El parto, donde la vida comienza”

 

Pilar hacía dos días que había salido de cuentas y aún no habían elegido el nombre definitivo para la niña. Ella y Diego, su marido y padre de la pequeña que estaba a punto de nacer, habían decido no poner más nombres familiares a sus hijos, ni el de ‘Pilar’, ni el de las abuelas, ni el de sus hermanas, ninguno. Ya era hora de ser originales, se decían. Unas semanas atrás habían escrito una lista con siete nombres que a ellos les gustaban pero que no llegaban a ponerse de acuerdo. Idearon entonces otra lista donde cada uno escribiría sólo dos nombres que figuraran en aquella primera lista, pero ninguno coincidió con los nombres del otro.

Antes de que Pilar ingresara en el hospital optaron por leerles los nombres a Manuel y a Diego (hijo), los que iban a ser los hermanos mayores de la pequeña a fin de llegar a una decisión. Manuel, que llevaba el nombre de su abuelo materno, tenía seis años y Diego que llevaba el nombre de su padre y que a su vez éste llevaba el nombre del suyo, había cumplido cuatro años en abril. La madre sentó a los niños en el sofá y frente a ellos, de pie, papel en mano, les dijo:

– Papá y yo hemos hecho una lista con nombres que nos gustan para vuestra hermanita. Y queremos que nos ayudéis.

– A mí me gusta Noelia, ya lo dije un día- se adelantó a decir Diego.

– Diego, Noelia no está en la lista. A mamá y a mí no nos gusta del todo ese nombre porque nos recuerda a una amiga que al final no pareció ser tan amiga. Lo sentimos, Pitufo pero ese nombre no está.

– A Diego lo que le gusta no es el nombre sino una chica de su clase que se llama Noelia, que yo lo sé – se chivó Manuel.

– ¡Cállate, eso es mentira!- pero ambos sabían que era verdad.

– Bueno, a lo que vamos. Os vamos a leer los nombres y luego nos decís cuál de ellos os gusta más. Mamá y yo tenemos algunos favoritos y a ver si por lo menos uno coincide con alguno que elijáis vosotros.

– ¿Y si hay un empate? ¿Y si yo digo un nombre que has elegido tú, papá, y Diego dice otro que ha elegido mamá?

– Pues entonces los dos nombres que hayan salido los escribimos en dos trozos de papel, los metemos en una bolsa de plástico y que mamá saque uno al azar. Y el que salga ése será.- Lo dijo de corrido como si ya lo hubiera pensado antes pero la verdad es que se le acaba de ocurrir sobre la marcha.

– ¿Vale? Bueno pero primero leo y luego ya veremos lo que pasa. Los nombres son: Isabel, Julia, Alba, Laura- Pilar iba leyendo un nombre tras otro y entremedias levantaba la mirada del papel unos segundos y la fijaba en sus hijos que la miraban y la escuchaban con atención, para no perderse reacción alguna. Los tres últimos nombres los dijo de corrido, sin mirarles.

– Lucía, Celia y Marta.

– ¡Celia!- gritó Manuel con entusiasmo, casi sin dar tiempo a su madre a terminar de leer.

Resultaba que a Manuel le gustaba una chica de su clase que se llamaba Celia pero eso ni Diego ni sus padres lo sabían y que, según decía él, era sin duda “la más guapa de todas las guapas”. Años más tarde Manuel compartirá la historia con sus padres y sus hermanos y su hermana conocerá en el colegio a “la más guapa de todas las guapas” un día no tan cualquiera.

Diego (hijo) eligió sin ganas el nombre de Laura porque a él el que más le gustaba era Noelia. Laura no figuraba en ninguna de las sublistas de sus padres. Y puesto que uno de los dos nombres que había escrito Diego (padre) en la segunda lista era el de Celia la niña se llamó finalmente Celia Medina Ortega.

– ¡Es que era el más bonito de todos los nombres, papá!- añadió Manuel regocijándose al descubrir que ese había sido el nombre ganador. Era la época en que a Manuel le había dado por decir frases de ese estilo:

“¡El más chulo de todos los chulos!”, ese era Perico, un chico de su clase. “¡La más listilla de todas las listillas!”, esa era Ana, la mejor amiga de Celia “la más guapa de todas las guapas”. “¡El más bueno de todos los profes”, ese era el Señor Harris el de música. “¡El mejor de todos los mejores!”, ese era Maradona.

– ¡Pues ya tenemos tu nombre, renacuaja! Hola, Celia- dijo Pilar con cierto alivio y con ilusión, mirándose la enorme barriga de nueve meses mientras la acariciaba con su mano, haciendo círculos sobre ella.

Diego (hijo) se acercó a su madre y mirando a su barriga con el dedo índice sentenció:

– ¡Pues Noelia molaba más! Y te podríamos haber llamado Noe.

– ¿Cómo el arca de Noé?- Manuel acentuó exageradamente la “e” y le hizo una carantoña de repulsión a su hermano, que éste le devolvió afectado y fue a refugiarse en el regazo de su padre que había ocupado ahora el sofá, contemplando la escena.

– Manu, no seas abusador- le reprochó su madre.

Manuel hizo caso omiso y puso sus dos manos sobre la barriga de su madre a modo de chivarle un secreto, acercó su boca y le susurró:

– Ya verás lo guapa que vas a ser llamándote así. Es el nombre de chica más bonito que existe.

La madre lo miraba desde arriba con recelo. Manuel miró a su madre y rectificó apresurado disimulando:

– Bueno después del de Pilar, claro. Es el segundo nombre de chica más bonito que existe -miró a su madre- ¿verdad, mamá?

La madre le revolvió el pelo y le sonrió:

– Anda, zalamero… – y en ese momento Pilar, que sonreía, dejó de hacerlo. Una mueca de sorpresa sustituyó aquella plácida sonrisa. Era julio y llevaba puesto un vestido de flores sin mangas y unas sandalias blancas que se ataban con una hebilla por los tobillos. Todos miraron a la vez al suelo a la altura de las sandalias de Pilar. Ella no lograba verse los pies, la enorme barriga se lo impedía pero, ¡claro que lo había notado! ¡Acababa de romper aguas!

[Sigue en La sonrisa de los valientes]

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Gatsby creía en la luz verde, el orgiástico futuro que, año tras año, aparece ante nosotros… Nos esquiva, pero no importa; mañana correremos más deprisa, abriremos los brazos, y… un buen día… 

Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”. 

‘El gran Gatsby’  [F. S. Fitzgerald]

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“Un marcapasos artificial es un dispositivo electrónico diseñado para producir impulsos eléctricos con el objeto de estimular el corazón cuando falla la estimulación fisiológica o normal”. 

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      A Celia le entretenía ver a su abuela hacer punto, le maravillaba el baile que hacían sus dedos enrollando aquel hilo tan gordo en esas agujas tan largas. Sobre todo lo hacía durante los bloques de publicidad o cuando llegaba la hora de la merienda y Celia aparecía de algún lugar de la casa y antes de pedirle el sandwich de Nocilla, se quedaba varios segundos observando, esperando quizá algún tropiezo que rompiera aquella sutil monotonía, aquella coreografía tan perfecta, pero nunca sucedía.

Esa tarde la tele estaba apagada, Celia había estado jugando un rato en el sofá con unos playmobil que se había traído de casa, antes de que se quedara mirando el baile de manos de su abuela por más tiempo de lo normal. La abuela, al percatarse de que no le quitaba ojo al punto, sin levantar la mirada, sin detener el baile, sin perder el ritmo, le preguntó:

– ¿Tienes hambre? ¿Quieres que te haga el sandwich ya?

– No, no tengo hambre.

Celia seguía mirando cómo aquellas manos iban creando lo que más tarde sería la bufanda preferida de su hermano Manuel. En diez días iba a ser su cumpleaños.

– ¿Quieres que te enseñe a hacer punto? – le sugirió.

– Sí, pero hoy no. – dijo sin apartar la mirada.

Y en ese momento el reloj de péndulo del recibidor cantó las seis menos cuarto de la tarde lo que hizo que Celia apartara al fin la mirada, hipnotizada ya, de aquel baile de manos y agujas y miró al reloj de pared que colgaba al lado de la puerta de la salita de estar. Se quedó mirándolo hasta que el minutero adelantó más o menos medio minuto. 

¿Abuela? ¿Qué es un marcapasos?

La abuela detuvo al fin el ritmo de sus manos, la miró por encima de las gafas de ver, con aquella mirada desafiante que la caracterizaba y con la incertidumbre del que sabe que después de una pregunta concreta viene otra acaso más comprometida que la anterior.

– Eso es lo que le van a poner al abuelo, ¿verdad? – insistió Celia.

La abuela se quitó las gafas con la mano derecha y las apoyó abiertas sobre la mesa, mientras con la izquierda se frotó brevemente la nariz al tiempo que cerraba los ojos. Los abrió, cruzó las manos, las posó sobre su regazo y mirando a Celia con el mentón escondido en el cuello y la cabeza ladeada -como hacía cuando sabía que algún nieto había hecho una trastada y buscaba la complicidad con ellos, al tiempo que imponía autoridad, “en eso era una genia” recordaría Celia muchos años más tarde el día de su entierro- le preguntó:

– A ver… – alargaba siempre la “e” en ese tipo de a veres – ¿a ti qué te han contado?

– A mí, nada. Se lo escuché hoy a mis padres después de comer.

– Ya estás otra vez metiendo la oreja donde no te importa – le criticó.

A mí el abuelo me importa.

Al escuchar aquella frase la abuela comprendió. ¿Por qué razón había que ocultarle a los niños la operación a la que iba a ser sometido el abuelo esa misma tarde? Se trataba de una simple operación. A todos les importaba el abuelo. Sólo Manuel, que por entonces tenía ya quince años lo sabía pero Diego padre había insistido en que no les preocuparan. “¿Por qué decirles que le iban a operar si ni siquiera se darían cuenta?” Aprovechó pues la abuela la ocasión para no tener que mentirle, ya que había sido la niña quien había sacado el tema. Celia era una niña muy curiosa, tenía nueve años, pero su prematura madurez y su envidiable entereza a esa edad, su sensibilidad, su no callarse las cosas que le importaban o le importunaban o le conmovían, su inquietud por saber cómo  y de qué estaba hecho todo, otorgaron a la abuela la comodidad y el alivio de llamar a las cosas por su nombre y hablarle a la niña sin faltar a su inteligencia.

– Y, ¿por qué? ¿Es para que pueda hacer deporte? – seguía insistiendo Celia en el tema.

– No, -respondió la abuela con una sonrisa y con aire en la “o”- ¡qué cosas se te ocurren, Chela! Es… para que pueda seguir -se detuvo un segundo- haciendo, en general.

– ¿Haciendo qué?

Vivir – se atrevió a responder la abuela.

A pesar de su prematura madurez, a Celia se le quedó grande esa respuesta. Después de unos segundos retomó su pregunta intrigada:

– Pero, ¿qué es exactamente un marcapasos?

– Pues, es un aparato electrónico que se engancha al corazón para que funcione.

¿Se le ha roto el corazón al abuelo?

La abuela sonrió ante la poesía de aquella pregunta y luego asintió con lástima apretando los labios.

Celia volvió a mirar el reloj de la pared, el segundero no era de los que hacían “tic tac” sino de los que se deslizaban sobre la esfera y siempre tuvo la sensación de que ese reloj iba más rápido que todos los demás relojes de pared que ella conocía: el de su casa, el de la consulta del médico, el del colegio, pero nunca se adelantaba. Y por más que ella así lo creyera, el tiempo en esa salita tampoco pasaba más deprisa.

– Y, ¿funciona como las pilas en las tripas de un reloj para que anden las agujas?

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“Ambroise Paré, cirujano francés del siglo XVI atribuye a la cirugía cinco funciones: Eliminar lo superfluo, restaurar lo que se ha dislocado, separar lo que se ha unido, reunir lo que se ha dividido y reparar los defectos de la naturaleza”.
 

centro-mesa-velasrojasEn la mano derecha, dentro de una bolsa de papel alargada, estrecha y decorada con motivos navideños, se balanceaba la botella de vino al ritmo de sus pasos. En la mano izquierda, hacía lo propio la bolsa con los turrones. En el bolsillo derecho de su abrigo, una hoja de papel cuadriculado, arrancada de un cuaderno con anillas y doblada en dos mitades llevaba escrito un intento de poema -Celia misma decía que todo lo que ella llegaba a escribir se quedaba siempre en un intento-, que escribió a finales de su primer año de residencia en el Hospital. Lo había encontrado ordenando el cuarto de estudio de su casa hacía unas semanas y decidió entregárselo a Miguel aquella noche, pues la ocasión no podía prestarse más. Que ella recuerde nunca se lo leyó, nunca se lo escribió en un email, ni a mano detrás de una fotografía, no se acordaba ya siquiera de haberlo escrito.

Desde el primer día en que Miguel pisó Barcelona para empezar sus cuatro años de residencia como anestesista, se llamaron prácticamente todos y cada uno de los días, sin contar las veces en que Celia se daba un salto a Barcelona, Miguel a Madrid, o ambos se escapaban a otra ciudad aprovechando algunos días de vacaciones. Posiblemente aquel intento de poema lo hubiera escrito una noche después de una de aquellas llamadas que podían llegar a durar hasta dos horas, o alguna tarde al llegar a casa después de haber pasado casualmente por el barrio y por debajo de aquellas ventanas y luego no se acordara más de él, abandonando aquel bloc de notas al olvido, como con otros tantos intentos de relatos e intentos de poemas que escribía; o tal vez pensó que era una estupidez decirle en bonito, lo que ya se encargaban de recordase los días que hablaban por teléfono, o quizá sí se lo leyera el día después de haberlo escrito, de verdad que Celia no lograba recordarlo y prefirió no preguntarle y llevárselo aquella noche de sorpresa. Al releerlo aquella mañana haciendo orden en su estudio, tantos años después, no pudo evitar que se le empañara la sonrisa. El poema decía así:

 

Aquello que fue dulce y da nostalgia

Llegar a aquella calle donde nos quisimos tanto tantos años,
entrar en aquel viejo edificio sin portero ni ascensor,
subir las escaleras borrachos como cubas
y, mareados de alcohol y de escalones torcidos,
abrir tras un minuto de silencio y desatino nuestro 1º C. 
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Entrar tropezando con la risa
y fumarnos a medias un cigarrillo
entre calada y carcajada
tirados en el suelo de la entrada.
Y dormirnos abrazados en tu habitación
sin quitarnos la ropa,
y con ella
querer hacer hoguera a la mañana siguiente en el salón.
 
Eternizar el desayuno en la cocina
y entregarnos a las tardes de domingo,
de pan con nutella, de resaca y algún medicamento,
de apuntes y libros de Medicina.
 
La ropa tendida en el patio, la tele de fondo,
los platos por fregar,
velas encendidas, los balcones abiertos,
los días de sol, la lluvia y sus tardes, la nieve en febrero,
las noches de humo, estudio, música, cine o poesía.
El llanto y la risa. 
El vino en los labios y en las copas la vida. 

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“La ablación, en medicina y cirugía es la extirpación de cualquier órgano, tumor o parte del cuerpo mediante una operación quirúrgica, o por la aplicación de medios físicos (radiación, frío, calor) o compuestos químicos (medicamentos)”.

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Hace apenas diez minutos que Celia acaba de llegar a casa. Nada más entrar por la puerta había escrito un mensaje a Miguel como acordaban siempre, para decirle que ya había llegado. “Sana y salva”, siempre escribía. Miguel no contestó con una cara sonriente como de costumbre pero dos minutos después sonaba el teléfono móvil de Celia, en la pantalla parpadeaba el nombre de Miguel. De haberse tratado esta historia de una película, probablemente el director habría elegido para este momento la canción “For the good times”, en la versión de Kenny Rogers.

Y habría empezado a sonar en el momento justo en el que Celia se despega el teléfono de la oreja, con la mirada perdida en el infinito mientras al otro lado del hilo una voz ronca y desconocida sigue hablando. –Don’t look so sad, I know it’s over but life goes on and this old world just keeps on turning- soltaría el teléfono y saldría a la calle corriendo. Llegaría a casa de Miguel y éste le abriría la puerta y la miraría con compasión, como si supiera lo que acababa de ocurrirle. –Let’s just be glad, we had this time to spend together-, pero ella le abrazaría fuerte, y él le devolvería el abrazo, el abrazo etrusco, besándose con los corazones, sin balanceos, sin palmaditas en la espalda, y se abrazarían tan fuerte, tanto –There’s no need to watch the bridges that were burning-. Y esta escena del abrazo en la puerta, encadenaría luego con  la habitación de Miguel y ambos se tumbarían en la cama en el mismo abrazo, –Lay your head on my pillow, hold your warm and tender body next to mine- frente con frente, sin dejar de mirarse, mudos. –Hear the whisper of the raindrops beating soft against the window and make believe you love me one more time for the good times-.

Y entonces fundiría a negro para abrir de nuevo con un primer plano de Celia abriendo los ojos en la almohada de Miguel. –I get along you’ll find another-. El plano terminaría de abrirse para advertir que Celia está sola en la cama. -And I’ll be here if you should find you ever need me-. Se incorporaría, se secaría las lágrimas con las mangas del jersey, saldría de la habitación, arrastrando los talones y recorrería con la mirada cada rincón de aquel piso tan lleno de ellos, tan vivido tantos años. –Don’t say a word about tomorrow or forever-. Se sentaría en el sofá mirando su reflejo en el televisor apagado y habría un corte a la escena del accidente. –There’ll be time enough for sadness when you leave me-.

Desde una acera de la gran avenida un travelling se iría acercando muy lentamente a los dos coches siniestrados e iluminados por las luces de las sirenas del coche de bomberos, de una ambulancia y de un coche de policía. –Lay your head on my pillow, hold your warm and tender body next to mine, hear the whisper of the raindrops beating soft against the window– y en ese momento aparecería en plano el escorzo de Celia, acercándose lentamente al lugar donde intentan reanimar el cuerpo de Miguel –and make believe you love me one more time for the good times-. Inmóvil, sin pestañear siquiera, Celia vería cómo incorporan a Miguel a una camilla y lo suben a la ambulancia, y como quien observa una escena de una obra de teatro desde la butaca, sin poder evitar nada, siente cómo le tiran del corazón, cómo se le escapa un trozo de alma, cómo se marcha la ambulancia sin decirle nada, sin ella dentro, ¿sin Miguel?

[La sonrisa de los valientes]

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“Una contracción muscular concéntrica ocurre cuando un músculo desarrolla una tensión suficiente para superar una resistencia, de forma tal que éste se acorta y moviliza una parte del cuerpo venciendo dicha resistencia”. timthumb.phpLe acompañó por el pasillo hasta la puerta donde ya hacía dos horas que llevaba esperando la maleta.  Parecían andar en procesión, Celia iba delante mirando al suelo, Eva detrás casi pisándole los talones y con la mirada clavada en su pelo. Al llegar a la puerta, Celia abrió, Eva hizo el gesto de agacharse a coger su maleta pero desvió el rumbo para abrazar con vehemencia a Celia que aún sujetaba el manillar. Soltó la puerta para devolverle aquel inesperado pero -¿para qué negarlo?-deseado abrazo y sintió que por primera vez se abrazaban en un abrazo etrusco, pero no porque los etruscos se abrazaran así -que qué sabrían ellas cómo se abrazaban los etruscos-.

El día que nació la primera sobrina de Celia, Miguel le regaló La sonrisa etrusca de Jose Luis Sampedro para el viaje, libro del que quedó prendada. Hay un momento en la novela cuando el viejo Bruno recuerda el día en que se despide de su gente, de su pueblo, Rocasera, momentos antes de partir con su hijo Renato a Milán, donde hay una frase que describe, como nunca antes había leído Celia, la perfección de un abrazo. Había visto cientos en las películas, leído otros tantos en libros pero nunca sintió que al mismo instante a ella también la estuvieran abrazando.

[…] —Aguanta como entonces, Bruno; ya sabes. 

—Se hará lo que se pueda—prometió el viejo—. Como entonces. 

En un súbito impulso se abrazaron, se abrazaron, se abrazaron. Metiendo cada uno en su pecho el del otro hasta besarse con los corazones. Se sintieron latir, se soltaron y, sin más palabras, el viejo subió al coche. Las dos miradas se abrazaron aún, a través del cristal, mientras Renato arrancaba. […]

El día en que Miguel había bajado a Chipiona tras enterarse de la muerte de su abuela Celia le llamó a la noche y antes de colgar ella le dijo:

– Me voy a guardar las fuerzas de aquí a cuando vuelvas para gastarlas todas en abrazarte -hizo una breve pausa en la que le vino de repente la frase a la cabeza- te daré un abrazo etrusco.

– ¿Un abrazo qué? -preguntó Miguel extrañado entre sollozos.

– Etrusco, Miguel, como en La sonrisa etrusca. 

– Ah -cayó en la cuenta- qué tonta eres, Chela -Miguel al otro lado del hilo esbozó una sonrisa. Y Celia supo que sonreía.

– Te quiero, etrusca. -se despidió Miguel antes de colgar.

A partir de entonces Celia apodó como el abrazo etrusco a todos aquellos abrazos que se daban hasta besarse con los corazones. Y como le prometió por teléfono, así le abrazó a Miguel el día que regresó del funeral de su abuela. Él entró en casa, ella al escuchar las llaves en la cerradura había saltado súbitamente del sofá, él dejó la mochila en el suelo de la entrada y al levantar una mirada mustia descubrió a Celia en la penumbra del pasillo que se acercaba hacia él y sin mediar palabra ella le abrazó y se abrazaron metiendo cada uno en su pecho el del otro y él que pensaba que lo había llorado todo ya, y que había aguantado el viaje de vuelta sin llorar rompió en lágrimas en el abrazo. Se sintieron latir y cuando se separaron, se miraron fijamente a los ojos. De entre las lágrimas de Miguel asomó una sonrisa pícara y cómplice y aún entre sollozos asentó:

– El abrazo etrusco-. Y se sonrieron los dos.

– Anda Diego, no seas soso, ven y dame un abrazo etrusco- le pedía Celia a su hermano cuando se molestaba por algo.

– Manu, ni se te ocurra irte sin darme un abrazo etrusco de despedida- amenazaba entre guiños a su hermano Manuel cuando venía a verla a Madrid o regresaba de algún viaje con el grupo.

Y abrazaba a sus padres etruscamente cada vez que debía volver a Madrid después de las vacaciones de verano o de Navidad o de algún puente. Y así había abrazado también tantas veces a Javier. Y así fue como le abrazó Eva aquella tarde, se abrazaron, se abrazaron, se abrazaron, metiendo tanto cada una en su pecho el de la otra que incluso llegaron más allá porque aquella tarde Celia y Eva se abrazaron hasta hacerse el amor con los corazones.

[La sonrisa de los valientes]

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